En la tricentésima nonagésima segunda vuelta
que se dá sobre la amohada
es casi inevitable el viaje por la oquedad
de un grito que la Oscuridad profana,
enredarse en delirios, travesías imaginarias,
caer en el Mundo Sutil que a la mayoría espanta.
Sonreírle, ya sin temor, al Monstruo Come-manzanas
habitante añejo de las profundidades de tu cama,
y bailar de nuevo con aquél cadáver
que uno siempre guarda entre las sábanas,
o lanzarle un beso tierno a tu mitad lesbiana
Cuán irresistible parece también
filosofías, paradigmas encerrar,
como si de luciérganas se tratara,
iluminar con ellas, improvisados faroles,
los senderos perdidos en la Migraña,
o quizás transformarse en la nueva plaga,
masticar como lápices los buenos modales,
e invitar y agasajar a las demás cucarachas
con los restos de una fiebre azucarada,
tejer manteles con las telarañas
que la Memoria pueblan y fácilmente engañan.
... hasta que una de tus personalidades se acerque
e intente convencerte de que loco no estás,
y si no quieres que todo se repita
las pastillas que te recetaron,
antes de dormir, recordarás tomar.
