lunes, 4 de octubre de 2010

La Solitaria y el Trasnochador.

Hoy quiero compartir con ustedes lo que para mí es mi mejor cuento...

Las mañanas de invierno son un momento especial del año. O al menos, así lo sentía ella, adoradora de un café con leche, tostados, y ese delicioso jugo de naranja que su madre le preparaba todas las mañanas, antes de ir a esa cárcel pública llamada también "Colegio". Esa mañana en particular no tenía nada de especial, miraba las noticias mientras desayunaba, ya con el uniforme carcelero puesto, uniforme que, con 16 años, detestaba con toda su alma. A ella, la solitaria, no le gustaba vestir igual que al resto. Pero esas eran las reglas del juego, y todavía estaba aprendiendo a respetarlas.
Así que, sin más, tomó su morral cubierto de pines, y salió a pelearla. Caminaba ese camino usual que había tomado toda su vida para ir a su colegio, también de "toda la vida". Más monótono, imposible. Caminaba, con esa típica sensación de estar dirijiéndose al matadero. Pensaba que las costumbres pueden llegar a ser tediosas, pero en esa mañana de invierno de sus 16, quizás por el destino, quizás por las casualidad o la causalidad, se topó con él. Casi sin darse cuenta, mientras su mente divagaba entre canciones que nunca serían y amores que jamás ocurrirían, él se fijo en ella y se acercó, así sin mas, en el medio de la calle. Le dijo "Hola", cosa que la hizo volver a la realidad, y darse cuenta de que un extraño (bastante apuesto por cierto), le estaba dirigiendo la palabra. A ella, la chica anónima, que sólo se animaba a soñar con canciones de amor, pero no se atrevía a vivirlas. Pero ésta vez fué distinto: ésta vez, ella también le dijo "Hola...". Él le dijo que estaba regresando de una noche de desvelo en lo de un amigo, que se sentía solo caminando por la calle en esa fría mañana de junio, y que había reparado en ella. Le propuso algo de lo más interesante: matar la soledad mutuamente. A ella la idea le pareció refrescante, y aceptó. Así siguieron caminando juntos. A ella le llamaba la atención: Por más que hiciera bastante frío, él sólo tenía una remera negra de mangas cortas con unas bermúdas marrones. Tiritaba un poco, pero parecía encantado con la situación. Sonreía mucho, y cuando la miraba, ella le huía. Él, quizás en un intento torpe de romper el hielo, le preguntó "Estás yendo al colegio, no?" Ella lo miró como quién dice algo tontamente obvio y el se rió fuerte: "Es que estaba muy seria! Y decime, cuál es tu nombre?" Intercambiaron ese mero trámite, y ella se animó a preguntarle su edad, aunque se sorprendió de sí misma por ser tan suelta con alguien a quién acababa de conocer. Él le dijo que tenía unos 21 o 22, ella no recuerda muy bien la edad, tampoco es que importe, pero el no parecía tener la edad que acusaba, parecía un chico de su misma edad. Tenía el cabello negro, corto pero largo, algo difícil de determinar. Tenía unas zapatillas medio nuevas, medio viejas, ese detalle ciertamente le atrajo mucho. De repente, él se detuvo a mirar sus pines. "¿Te gusta el rock? Lo digo por los pines en tu bolso". En efecto, la solitaria era una fanática viciosa de dicho estilo, y fue muy grata la sorpresa de darse cuenta de que el trasnochador tocaba en una banda. "Justo de ahí vuelvo, pasamos la noche ensayando. Llevo un año en mi banda, no es nada serio, es un hobby mas que nada, aunque solemos tocar en pubs. Yo toco el bajo". Esto le resultaba un tanto gracioso, pues no se imaginaba al muchacho en una banda, pero era divertido intentar verlo en un concierto, arriba del escenario, lleno de mística y de pasión. A el le gustó observar que ella parecía muy divertida mientras el contaba detalles de sus ensayos, aunque después se puso algo serio relatando sus días de facultad: "Yo no soy de acá, estoy estudiando. Vivo sólo en una departamento, que está cerca de acá. ¿Querés conocerlo? No tenés que pasar ni nada si no querés, además tenés colegio no?" Ella lo miró, y quería entrar. Quería saber más, estaba bastante ansiosa. Pero se reservó y asentió tranquila, y por primera vez en toda su vida, la solitaria se desvió de su camino de siempre], aunque no demasiado. Siguieron caminando, hablando más, descubriéndose más, matando mucho más la soledad. Pero al fin llegaron al edificio. Parecía un lugar muy sobrio, muy "cheto". Tenía rejas verdes y una especie de jardín en la entrada. Ella se había imaginado otra cosa, algo menos estructurado, aunque el lugar tenía un clima agradable. Fué allí cuando sus caminos se desviaron, el le dijo que moría de sueño, y ella le echó la culpa a la cárcel. Se pasaron mails, y él la invitó a que pase cualquier día por su departamente si le apetecía. Ella le dijo que, alguna vez, podrían repetir lo de esa mañana y el parecío alegrarse. Ella se fué a su colegio, él a la cama. Nunca más se volverían a ver.
Todavía hoy, ella recuerda las repercusiones de tal encuentro, como sus "amigas" le cuestionaron el echo de que no lo conocía, y le había acompañado hasta su departamento, que quién sabe que podría haberle echo, pero ella no escuchó. Sólo recuerda a ese muchacho, lleno de vida por más que estuviera muerto de sueño, cómo le alegró la mañana. Todabía hoy, ella se pregunta por que él no se conectó nunca en el MSN, porqué nunca se volvió a encontrar con él en ese camino tedioso de todos los días. Pero eso no es lo importante. Porque a ella, que era tan solitaria, ese encuentro la cambió, ya que pudo matar su soledad con la dulce compañía de alguien que no esperaba nada de ella. Y, todavía hoy, cuando pasa por el edificio de aquél muchacho (porque su actual pareja vive cerca de allí), se siente bien al darse cuenta de que, de alguna u otra manera, aún es capaz de sacarle una grata sonrisa.

2 comentarios:

SAKO dijo...

todavia hoy resisto una lectura fresca, gracias por compartir con nosotros eve.

Flor dijo...

Es como en "Common People", de Pulp.

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